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Ventanas retrospectivas: Una mirada a la ciencia contemporánea a través de 12 relatos clásicos de ciencia ficción

391.30$

Selección y comentarios de Stephen Webb

12 relatos de ciencia ficción publicados por primera vez entre 1817 y 1934 por autores como Jack London, Arthur Conan Doyle, E.T.A. Hoffman y H.G. Wells, cada uno acompañado de notas que examinan los aspectos científicos de la historia desde el punto de vista de la ciencia del siglo XXI.

Disponible a partir de agosto de 2024.

Disponible para reserva

Descripción

Italo Calvino escribió que los clásicos tienden a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, aunque al mismo tiempo no pueden prescindir de ese ruido de fondo.

Esta colección de relatos de ciencia ficción demuestra por qué los textos clásicos se han seguido publicando, traduciendo, incluyendo en antologías y mencionando en ensayos de crítica literaria a través de los siglos: sus cualidades narrativas han pasado la prueba del tiempo y siguen atrapando a los lectores.

Se dice que la ciencia ficción envejece mal, que sus elementos innovadores (sus nova) quedan “superados”. ¿Por qué habríamos de leer un relato sobre vida avanzada en Marte cuando ya sabemos que tal cosa es imposible? ¿Por qué leer especulaciones sobre pandemias o inteligencia artificial escritas por autores que ignoraban lo que sabemos ahora sobre estas cosas? Más allá de la especulación y la precisión fáctica, estos relatos transmiten al lector el extrañamiento cognitivo característico del género y la sensación de hallarse ante hechos asombrosos que ocurren en un universo sujeto a ciertas leyes. Uno de los mayores placeres de la ciencia ficción está en acogerse por un rato a esas leyes para habitar ese universo y dejarse asombrar.

Al volver de cada uno de estos doce universos, Stephen Webb le presenta al lector comentarios puntuales que explican el relato y lo ponen en contexto a la luz del conocimiento científico contemporáneo. Estas notas son un ejercicio de amplificación que, lejos de arruinar el asombro que acabamos de sentir, ponen de relieve el ingenio de cada autor y trazan un puente entre su tiempo y el nuestro. Al terminar cada capítulo, el lector habrá obtenido no solamente la satisfacción de haber dedicado su valioso tiempo a leer una buena historia: también habrá incrementado su bagaje científico, entenderá por qué lo que acaba de revisar es un clásico y, si así lo desea, podrá profundizar en cada tema a través de las secciones de lecturas recomendadas.

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Los dos habían comprado la Guía juvenil de nomenclatura recientemente, la cual señalaba que los nomencladores ya no utilizaban los términos Dios o nombre divino. Las ideas actuales sostenían que existía un universo léxico además de uno físico, y que juntar un objeto con un nombre compatible hacía que se realizaran los potenciales de ambas cosas. Tampoco existía un “nombre verdadero” para un objeto dado: dependiendo de su forma precisa, un cuerpo podía ser compatible con varios nombres, conocidos como “euónimos”, y a la inversa, un solo nombre podía tolerar variaciones significativas en la forma de un cuerpo, como lo había demostrado su muñeco andante. Cuando llegaron a la casa de Lionel, le prometieron a la cocinera que se presentarían para la cena en un rato más y se fueron al jardín trasero. Lionel había transformado el cobertizo de herramientas de su familia en un laboratorio que utilizaba para hacer experimentos. Aunque Robert solía visitarlo con frecuencia, recientemente Lionel había estado trabajando en un experimento que mantenía en secreto. Era solo hasta ahora que estaba listo para mostrarle a Robert sus resultados. Lionel entró primero y le pidió a Robert que esperara afuera; luego lo dejó entrar. Una larga repisa atiborrada de estantes con viales, botellas de vidrio verde con tapones y una variedad de rocas y especímenes minerales recorría todas las paredes del cobertizo. El apretado espacio estaba dominado por una mesa decorada con manchas y marcas de quemaduras, y sobre ella descansaba el aparato con que Lionel ejecutaba su último experimento: una cucurbitácea sujeta a una plataforma de modo que su parte inferior descansaba en un tazón lleno de agua, colocado a su vez en un tripié sobre una lámpara de aceite encendida. El tazón llevaba también sujeto un termómetro de mercurio. —Echa un ojo—dijo Lionel.
Muy simple fue mi explicación, y bastante plausible -¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas! Porque yo no había visto entonces el horror de las sombras. Y seguí conduciendo hacia la estación de Paddington, con la curiosa sensación de una calamidad inminente pesando sobre mí. Sólo cuando llegué a la puerta cerrada del vagón y me asomé, me di cuenta de que no estaba solo. Allí, en el asiento de enfrente, con las manos entrelazadas sobre la cabeza y los ojos fijos en los míos, había un marciano.