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Ciencia ficción: fuente de alternativas

¿Qué es la ciencia ficción?

La ciencia ficción está hecha de historias situadas en las costas o zonas de marea de un vasto continente llamado Ciencia, rodeado por el mar de la especulación y la fantasía.
Si la historia ocurre tierra adentro, lejos de la marea alta, se trata de ficción sobre ciencia, no de ciencia ficción. Si ocurre mar adentro, lejos de la tierra, se trata de fantasía, aunque el autor crea que está escribiendo ciencia ficción.

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A propósito de una ocasión en que ningunearon su trabajo como escritor de ciencia ficción a principios de los noventas, Cory Doctorow escribe:

“El incidente es sobresaliente, pero no porque me sintiera ofendido. Es memorable más bien porque fue la última vez que alguien me miró con desdén porque escribía ciencia ficción”.

Le dijeron que la ciencia ficción no era literatura. Desde luego, después de trabajar durante décadas en el sector de la tecnología, Doctorow tuvo oportunidad de corroborar el profundo vínculo entre la ciencia ficción y la política, la literatura y la condición humana.

Para Doctorow, tanto el optimismo como el pesimismo son formas de coartar la agencia, individual o colectiva, pues en ambos casos no importa lo que hagamos, las cosas estarán bien o mal, respectivamente. Pero:

“Esta inevitabilidad, la creencia de que las cosas no van a cambiar, es lo opuesto de la ciencia ficción. Como escritor de ciencia ficción, mi trabajo es imaginar alternativas.”

“En su mejor papel, la ciencia ficción exige que miremos más allá de lo que hace la tecnología e indaguemos para quién lo hace y a quién se lo hace. Se trata de un ejercicio importante, tal vez el ejercicio que realmente importa.”

Después de reivindicar las acciones del ludismo (los luditas no eran tecnófobos sino técnicos encolerizados ante el uso que la industria pretendía dar al telar mecánico) y señalar el argumento de las élites sobre la inevitabilidad del efecto opresor del avance tecnológico, el autor continúa:

“La ciencia ficción no predice. La ciencia ficción hace lo opuesto a predecir. La ciencia ficción cuestiona.”

Resumen y traducción de Miguel Á. Ríos para ScienTech Reader (@ScienTechReader) a partir de “There is always an alternative”, Cory

Los dos habían comprado la Guía juvenil de nomenclatura recientemente, la cual señalaba que los nomencladores ya no utilizaban los términos Dios o nombre divino. Las ideas actuales sostenían que existía un universo léxico además de uno físico, y que juntar un objeto con un nombre compatible hacía que se realizaran los potenciales de ambas cosas. Tampoco existía un “nombre verdadero” para un objeto dado: dependiendo de su forma precisa, un cuerpo podía ser compatible con varios nombres, conocidos como “euónimos”, y a la inversa, un solo nombre podía tolerar variaciones significativas en la forma de un cuerpo, como lo había demostrado su muñeco andante. Cuando llegaron a la casa de Lionel, le prometieron a la cocinera que se presentarían para la cena en un rato más y se fueron al jardín trasero. Lionel había transformado el cobertizo de herramientas de su familia en un laboratorio que utilizaba para hacer experimentos. Aunque Robert solía visitarlo con frecuencia, recientemente Lionel había estado trabajando en un experimento que mantenía en secreto. Era solo hasta ahora que estaba listo para mostrarle a Robert sus resultados. Lionel entró primero y le pidió a Robert que esperara afuera; luego lo dejó entrar. Una larga repisa atiborrada de estantes con viales, botellas de vidrio verde con tapones y una variedad de rocas y especímenes minerales recorría todas las paredes del cobertizo. El apretado espacio estaba dominado por una mesa decorada con manchas y marcas de quemaduras, y sobre ella descansaba el aparato con que Lionel ejecutaba su último experimento: una cucurbitácea sujeta a una plataforma de modo que su parte inferior descansaba en un tazón lleno de agua, colocado a su vez en un tripié sobre una lámpara de aceite encendida. El tazón llevaba también sujeto un termómetro de mercurio. —Echa un ojo—dijo Lionel.
Muy simple fue mi explicación, y bastante plausible -¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas! Porque yo no había visto entonces el horror de las sombras. Y seguí conduciendo hacia la estación de Paddington, con la curiosa sensación de una calamidad inminente pesando sobre mí. Sólo cuando llegué a la puerta cerrada del vagón y me asomé, me di cuenta de que no estaba solo. Allí, en el asiento de enfrente, con las manos entrelazadas sobre la cabeza y los ojos fijos en los míos, había un marciano.